Historia natural y mítica de los elefantes de José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski

Burucua_Kwiatkowski

Ana Lía Gabrieloni


El elefante como «símbolo de lo bueno de la humanidad» [1] 

Al inicio del libro Historia natural y mítica de los elefantes de José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski publicado en la Colección «Fuera de serie» de la editorial Ampersand (Buenos Aires, 2019), leemos una cita extraída de Ideas para la filosofía de la historia de la humanidad de Johann Gottfried Herder, donde se nos recuerda el carácter «parcial y defectuoso» de una historia sobre el hombre que excluya la historia de esos seres que nos preceden sobre el planeta, los animales (14).

La necesidad de trascender la órbita de lo humano despunta así, en la historia tal como está comprendida en el volumen de Burucúa y Kwiatkowski, a la par de la necesidad de trascender la esfera del discurso verbal sea oral o escrito. Lo había advertido Louis Figuier en esa suerte de best-seller [2] de la historia natural que se publicó a mediados del siglo XIX con el título La Terre avant le déluge: ouvrage contenant 25 vues idéales de paysages de l'Ancien Monde: para abordar la vida animal en cada período de la historia de la tierra «es necesario hablar a los ojos [de los lectores]» (1866, 17 y 12). Así pues, Burucúa y Kwiatkowski seleccionan y examinan a la par de las fuentes textuales, un colosal repertorio iconográfico asociado a los elefantes cuyas interpretaciones aportan sustancialmente a esta historia natural y mítica que se despliega en el libro desde la Antigüedad hasta el siglo XIX, a través de Europa, América, África, la India y el lejano Oriente. No se trata —en línea con «algunos descubrimientos importantes respecto de la historicidad de las relaciones entre humanos y naturaleza» emanados del «giro animal» o de los «animal studies» consolidados durante los últimos años— de «indagar en el mundo simbólico que los occidentales han creado respecto de los elefantes para acercarnos a una mejor imaginación de lo que pasa por la cabeza de los paquidermos, si bien nos encantaría saberlo», explican nuestros autores (cursiva nuestra) (25). Se trata, en cambio, de «reconstruir ese aspecto de nuestra cultura pasada y buscar en él las fuentes para una relación más armónica y menos destructiva con los animales porque creemos que los seres humanos seríamos mejores y nos conoceríamos mejor a nosotros mismos si, en lugar de separarnos de los animales y ponerlos en riesgo de desaparecer, nos interesáramos por comprenderlos y mantenerlos vivos.» (25) En un par de páginas anteriores a esta cita, dos mapas de África y Asia contienen las cifras de los elefantes desaparecidos entre el siglo XIX y la actualidad (de 27 millones y 100 mil elefantes se ha pasado a entre 400 y 700 mil y entre 43 y 50 mil en uno y otro continente respectivamente). La involuntaria tendencia a la extinción de esta especie animal remite a la serie de preconceptos y prejuicios del naturalismo surgido en el siglo XVII europeo (36), así como a la sanguinaria violencia emanada de la tajante distinción que dicho naturalismo tendió a consolidar entre seres humanos y animales, convalidando hasta nuestros días prácticas científicas, comerciales (marfil, deforestación) y hasta deportivas (caza) que ponen en peligro la biodiversidad (37).

El programa implícito en la historia de Burucúa y Kwiatkowski que, en parte, tiende a conjurar el alcance —cuando menos, la asumida generalidad— de tales prácticas con la intención de revertir y prevenir sus daños, se ofrece como respuesta posible a la pregunta: ¿en qué medida este libro deviene un instrumento eficaz para la vida del presente? (61-62). Partida de nacimiento, álbum familiar, documento de la canonización, denuncia de desaparición forzada, partida de defunción frente a una fosa común, así como testimonio de una divina transfiguración en la eternidad: todo esto parece comprender esta historia natural y mítica de los elefantes, exhortándonos a atesorarlos, protegerlos.

La introducción del libro, en función de presentar un cuadro de los antepasados (como el mamut, una de las especies extinguidas sobre las que más se sabe, [58]) y la diversidad genética del paquidermo, nos traslada a un pasado de 8 millones de años y, de regreso a un relativo presente, nos sitúa frente al monumento erigido en honor a las victorias de un rey asirio del s. VIII a. de C., a un fresco bizantino del siglo VI d. de C., a los hallazgos del paleontólogo francés Georges Cuvier hacia fines del siglo XVIII, al Jardín Zoológico de Buenos Aires un siglo más tarde, al del Parque Ueno en Tokio en las primeras décadas del siglo XX y al de Berlín en 1945, así como a una selección de artículos científicos muy recientes que, por encima de su diversidad, exponen un conjunto de «fenómenos materiales, intelectuales y emocionales» que dan acabada cuenta de la importancia vital, cultural y filosófica de los elefantes a través del tiempo.

La puesta en valor de dicha importancia anima los capítulos subsiguientes del libro, donde destacan las condiciones que la combinación de «la experiencia y la imaginación» facilitan para el «uso simbólico doble» de los elefantes a lo largo de la historia: sea como síntesis de fuerza e inteligencia en la guerra o como encarnación de virtudes tales como piedad, castidad, inteligencia, prudencia (61). Pero los elefantes también fueron utilizados fuera del campo de batalla tanto en la Roma antigua como en la del Renacimiento (75). Una serie de poemas e, incluso, un retrato debido al ilustre Rafael, inspirados en el elefante que el papa León x había recibido como obsequio, y cuyo epitafio escribe en parte, exigen por cierto que esta historia natural de Burucúa y Kwiatkowski no pase por alto las Vidas de los más excelentes elefantes… Hanno, Suleiman, Emmanuel, «elefantes reales» (84) que debieron soportar tortuosos e interminables viajes para llegar desde sus remotos lugares de origen a las cortes europeas donde se usaron como fuentes de entretenimiento (78). Los dos mapas ya mencionados, impresos en el libro, se complementan con otros tres mapas digitales provistos en el sitio de la editorial. En uno de ellos, justamente, puede observarse el trazado de dichos viajes (https://bit.ly/2rUDSeU) (los otros dos exhiben los objetos: https://bit.ly/2CzuVxK y la colección de imágenes y documentos mencionados en el libro: https://bit.ly/2MXRK1). Los romanos, sí, pero también los griegos fueron «los primeros sabios del Mediterráneo que reunieron una enorme variedad de informaciones respecto de los elefantes» (89) y esta historia natural y mítica está decidida a recuperarla para donarla a lectores ávidos de conocimiento. Desde Aristóteles (Historia de los animales), pasando por Plutarco (De sollertia animalium), Plinio el Viejo (Historia Natural), hasta Claudio Eliano (De natura animalium), la magnificencia de las cualidades físicas del animal destacan a la par de las morales a través de historias que más tarde —leemos— devendrán lugares comunes (94). Los fragmentos seleccionados y los comentarios a ellos asociados van dando lugar, a partir del tercer capítulo, a vastísimas series verbales y visuales surgidas entre la Edad Media y la Ilustración, que suscitan en los dos autores del libro hipótesis de gran interés en torno a las transposiciones de figuras de elefantes verificables a través de textos literarios, textos de cuño religioso y libros de ciencias naturales, entre las que destaca aquélla que identifica al elefante con Cristo (97 y 102).

Si la mención de Cesare Ripa, Giulio Romano, Brueghel, Rubens, Rembrandt y Poussin bastan para confirmar, incluso al público lector menos especializado, que los elefantes figuran entre las obras debidas a los pinceles y buriles más exquisitos del Renacimiento y el Barroco europeo, es de esperar que la mención de Petrarca, Francesco Colonna, Erasmo, Montaigne, Sebastián de Covarrubias, Robert Burton provoque un efecto semejante en la apreciación de los elefantes, su aparición, en el universo escrito del mismo período. Los lectores asiduos de Montaigne, se sorprenderán al verse atraídos en esta historia natural y mítica hacia el elefante como «uno de los temas principales del relativismo antropológico que fue tan caro al filósofo de los Ensayos» (129); mientras que los lectores asiduos de Freud (y de los magníficos escritos más recientes de Roger Bartra) se sorprenderán ante la clasificación que Burton deja recaer sobre los elefantes como «animales melancólicos» (151). Burucúa y Kwiatkowski refieren asimismo otro texto que insiste en la «melancolía», el «amor por la soledad» y los «temores nocturnos» de los elefantes (164), escrito en el siglo XVI por uno de los exploradores cuyos testimonios reúne el sexto capítulo del libro. Aquí, el repertorio de representaciones examinado permite a los dos historiadores distinguir los efectos que la irrupción de la observación directa del animal, favorecida por los viajes, pudo haber tenido en el imaginario y los saberes fuertemente sujetos en la época a una erudita tradición teórica e iconográfica sobre los elefantes (163). En este capítulo, lectores y lectoras nos regocijamos al reencontrarnos con Hanno, el elefante que había partido en un barco desde la India, bordeando prácticamente toda la costa de África hasta Lisboa para arribar, desde allí, a través del Estrecho de Gibraltar, vía el Mar Mediterráneo a Roma. Su genuflexión frente al papa León X «pudo interpretarse también como el homenaje del Asia meridional a la religión cristiana, en la persona del pontífice romano» (172). La antropomorfización del animal que, en este último caso —como en otros—, es funcional al robustecimiento de la expansión colonialista, goza de apogeo hasta comienzos del siglo XVIII, cuando los dos autores señalan «el giro empírico que la historia natural de los elefantes habría de tomar en el tiempo de la Ilustración». (178). En efecto, es durante el siglo XVIII cuando Georg Christoph Petri publica «la síntesis enciclopédica de la vida simbólica» del animal intitulada: Elephantographia (1715, ampliada en 1723) (179). Y cuando el mismo Georges Cuvier, que aparece mencionado en las primeras páginas del libro, se convierte en pionero de la anatomía comparada, a la vez que en uno de los progenitores de la teoría de las catástrofes, «para explicar los grandes cambios de las formas de la vida en la historia de Tierra», a partir del hallazgo de los restos de un mamut que lo confrontó con la existencia de fósiles (55-56), es decir, de una historia natural que no coincidía necesariamente con el relato teológico de la Iglesia sobre el origen del mundo y de la vida.

Ahora bien, en cuanto dicha teología parece disolverse escurriéndose entre el positivismo triunfante en gran parte de Europa entre los siglos XVIII y XIX, la vertiente mítica de esta historia toma el rumbo anunciado en la introducción hacia el este, Asia. Pasamos entonces —en el libro— de las alusiones de Buffon y Diderot al elefante desde «una perspectiva empírica, naturalista, despojada del simbolismo clásico» (191), a la preocupación por el cuidado medicinal de los paquidermos que nuestros historiadores identifican en la ciencia india desarrollada entre los siglos IV a. de C. (225) y el siglo XVIII, en obras como: Arthashastra, Matanga-lila y Hasthividyarnava. Las miniaturas comprendidas en esta última —escriben Burucúa y Kwiatkowski— «trasuntan» «la proximidad entre el mundo emocional de los paquidermos y el de los seres humanos»; el autor (Barkaith) llega a transformar con su escritura «el colmillo del elefante en una metáfora del cosmos» (227). Este «excursus indostánico», que se anuncia desde la introducción misma del libro junto con el compromiso explícito de ampliarlo en referencia al continente africano en un volumen de futura publicación, repasa la suprema importancia del elefante en las mitologías védica, budista, jainita e hindú. La sensación de una lejanía irreversible del orden del espacio así como del tiempo podría amenazar con interponerse entre el lector y esta última parte del libro, excepto porque ese mismo lector se encuentra súbitamente frente a una imagen que lo retiene porque la ha visto —con toda probabilidad— un sinnúmero de veces y, sin embargo, en tanto continúe la lectura, se da cuenta que nada sabe sobre ella: los elefantes representados como pilares-portadores de la Tierra (230). Dispuesto entonces con renovado interés a continuar la aventura que propone uno de los tramos inmensamente míticos de esta historia de los elefantes, nos queda desearle, lector, que disfrute tanto como lo ha disfrutado la autora de estas líneas, la visión que se desprende de la crónica india de Megástenes transmitida por Eliano en las Historia animalium, objeto de las minuciosamente comentadas citas de Burucúa y Kwiatkowski: un elefante toma con su trompa las flores del interior de una canasta para distribuirlas en un recinto, donde el «aroma suave sea un aditamento a su comida», y «utiliza una buena cantidad de [las mismas] flores para recostarse sobre ellas, pues adora que su sueño sea dulce y placentero». (243)

El libro logra sus propósitos (invierte recursos maravillosamente insólitos en ello, como el uso de una tipografía grisada en ciertos pasajes «claros y bellos» que escapan a los posibles «torbellinos peligrosos y calmas aburridas» de la escritura académica, para invitar al público infantil a la lectura y demostrar así «que lo mejor del conocimiento de las ciencias y las artes ha de ser compartido por todos los seres humanos, que aman leer escritos o contemplar imágenes» [18]). Hacia las últimas páginas, no sólo sentimos que ganamos cuantiosos conocimientos sobre esa infinidad de estribaciones que se desprenden del universo en derredor de los elefantes, sino que también nos sentimos ajenos a toda indiferencia al leer-compartir la sentida expresión de los dos autores: «nuestras bestias queridas» (283) en alusión a los mismos elefantes que, desde la tapa del libro —la cual reproduce la textura y el color de la piel de estos animales— resurgen de la formidable colección textual/visual que el libro logra sustraer del olvido. Al hacerlo, esta historia natural y mítica deviene un manifiesto tan inteligente y sereno como enérgico e incontestable a favor de la vida que nos incumbe en tanto habitantes de nuestro planeta.

Notas

[1] Burucúa, José Emilio y Nicolás  Kwiatkowski. Historia natural y mítica de los elefantes. Ampersand. Buenos Aires: 2019.

[2] Se vendieron 30 mil ejemplares del volumen que fue reeditado 15 veces en tres años.


Referencia electrónica

Gabrieloni, Ana Lía. «Historia natural y mítica de los elefantes de José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski». Hyperborea. Revista de ensayo y creación 2 (2019): 262-267. https://www.hyperborea-labtis.org/es/paper/historia-natural-y-mitica-de-los-elefantes-de-jose-emilio-burucua-y-nicolas-kwiatkowski-159

Publicación Hyperborea
Número 02